Antes
No crecí pensando que me dedicaría a la IA. Crecí pensando que haría cosas. Desmontar, entender, volver a montar — llegó muy pronto, y sigue siendo el hilo conductor.
Clases preparatorias (la «prépa» francesa) y luego una escuela de ingeniería de software (ENSSAT, 2005). Después, casi diez años en consultoras tecnológicas escribiendo Java para grandes cuentas — Teamlog y luego Thales Services, con proyectos para Orange, La Poste, la SNCF, Bureau Veritas, la MACIF. Aprendí a entregar bajo presión, para sistemas que no tienen derecho a caerse.
El giro llega en 2014: Scrum Master en Conserto, en un largo proyecto en la Assurance Maladie (la Seguridad Social francesa). El terreno me gusta tanto que la Cnam me contrata en plantilla en 2018 — donde me convertí en referente de producto y técnico. El entorno crítico como escuela de rigor — sigue siendo mi oficio del día a día.
El giro
A finales de 2025 sentí que la frontera entre «el que imagina» y «el que programa» se volvía porosa. Las herramientas — ya sabes cuáles — desplomaban el coste de experimentar. Tomé una decisión simple: abrir un taller, sin renunciar a nada, y construir.
No para montar un unicornio. Para hacer objetos que valgan por sí mismos. Pequeños, precisos, terminados. El oficio de ingeniero prolongado en la era de los LLM — llevado en paralelo a veinte años en entornos críticos.
Hoy
Llevo Tako, una plataforma que devuelve la IA conversacional allí donde es útil: al día a día de los autónomos y los equipos pequeños. Y Lima, una PWA para improvisadores de teatro — un producto que no existía y que merecía existir.
Entre los dos, acepto algunos encargos en trato directo, sin plataformas, sin comisiones. Contratos cortos, densos, en los que trabajo con el cliente — no para él.